VISITA A MEDIA NOCHE


Germán se despertó cuando la última luz de la tarde desaparecía entre los barrotes que cerraban la entrada de su escondrijo. Casi dormido, le costó recordar donde se encontraba y, al estirarse, por poco se abrió la cabeza con la bóveda de hormigón del techo, a 60 cm. escasos por encima de él. Le dolía todo el cuerpo, el duro suelo de tierra que había sido su cama estaba húmedo y se había quedado frío durante la larga siesta.


Miró su reloj. Había dormido casi 12 horas y la oscuridad, que ya se estaba apoderando de aquel hueco bajo su casa, aún se hacía más profunda tras el ancho pilar donde se había escondido a esperar la llegada de la noche. Oculto allí, sin embargo, podía ver en su totalidad el espacio de la cámara de ventilación y también el estrecho pozo vertical por el que había entrado. Nada había cambiado desde aquella mañana: Seguían igual el charco, las hojas secas que puso junto a la entrada, las paredes de hormigón rugoso y gris, el suelo ondulado y la mochila que le había dado su padre cuando le dejó allí.


¡ Mi padre ¡ “, recordó, “¿Qué le habrá pasado? Todavía no ha vuelto a por mí y se está haciendo de noche”.


Mientras revolvía en el interior de la pequeña mochila parda en busca de las tabletas de comida, rememoró lo sucedido aquella madrugada: Era tarde, estaban en la cocina, repasando los deberes de álgebra, casi a punto de irse a la cama, cuando sonó tres veces el soniquete del televideo, las tres veces colgaron sin que diera tiempo a responder a ninguna de ellas. A su padre entonces le cambió la cara y , sin decir nada, saltó de la silla, abrió rápidamente la puerta corredera que daba al salón, cruzó éste a toda prisa y desapareció de su vista hacia la entrada. Después le oyó subir de dos en dos los peldaños escaleras arriba y, tras un corto silencio, en menos de un minuto, volvió a aparecer frente a él con aquella pequeña mochila parda en la mano. Sin detenerse apagó la luz, le agarro por el brazo, tiró de él y le sacó, casi en volandas, por la puerta que llevaba a la terraza del jardín.


- Vamos, vamos. Date prisa que ya vienen - Le dijo apurado.


- ¿Quiénes?- Fue a protestar.


Pero no le dio tiempo a hacerlo porque a la carrera giraron a la izquierda y en un pispás, sin tropezarse de milagro con las sillas y la mesa de teka gris, se plantaron en el borde que daba al pasillo de césped. Bajaron el alto peldaño a oscuras. Volvieron a girar a la izquierda y cuando, pegados a la pared, apenas habían sorteado las ramas de la lantana y unos brotes de la bouganvillea llenos de espinas, oyó un chasquido metálico al tiempo que su padre le decía:


- Corre, entra aquí, escóndete y no hagas ruido. Si no vuelvo pronto, mira dentro de la mochila, canta con la a y sigue las instrucciones.-


Sin pensárselo, saltó dentro del pequeño rectángulo negro que le mostraba su padre en el suelo, cayó de pie en un charco, se apoyó con las manos en el borde de la pared de hormigón y agachó la cabeza para pasar bajo el dintel de una pequeña abertura cuadrada. Cuando quiso volverse para preguntar qué estaba pasando, su padre ya había vuelto a colocar la reja metálica en su sitio y sólo quedaba de él el sonido de unos pasos alejándose a la carrera.


Sintió algo de miedo porque, aunque sabía bien que estaba en la cámara construida bajo su casa, nunca se había metido allí y, además, no molaba nada hacerlo a oscuras, pues a lo mejor había ratas o vete a saber que bichos. No entendía porqué su padre se había puesto así y le había obligado a esconderse de noche en aquel agujero ¡ Tan de repente! Tuvo la tentación de levantar la reja y correr tras él a preguntarle, pero cuando iba a hacerlo oyó la sirena chillona de la patrulla mulá que llegaba por el camino y se paraba en el portón de acceso.


Entonces lo comprendió todo.


Vienen a por nosotros. Vienen a por nosotros”. Se repitió aterrorizado mientras gateaba rápidamente por el interior de la cueva alejándose de la boca. “Nos van a llevar y nunca más volveremos “. En ese momento se acordó de Tino y Juanin Fernández , dos hermanos amigos suyos, desaparecidos hace casi un año junto con toda su familia sin dejar rastro. Se cuchicheaba en el pato del colegio que los habían cogido los temibles mulás.


A oscuras se tropezó con la mochila que poco antes había tirado su padre allí dentro, la enganchó sin pensar y siguió gateando hasta darse de bruces con algo frío y duro.


¡Meca!. Un pilar “pensó, ahogando el grito. Un poco atontado por el golpe, rodeó la columna de hormigón y se metió detrás.


Dolorido, se atrevió a mirar desde allí.


Estaba muy oscuro y no veía nada. Pasó un minuto o poco más cuando unas bandas de luz verdosa aparecieron en el suelo bajo la entrada y las voces de mucha gente resonaron allí dentro.


Me están buscando con focos Infra “.Temió Germán. “ Bueno, a lo mejor no, sólo están comprobando que todo este bien” Se dijo, intentando tranquilizarse un poco.


Las luces pasaron, pero las voces se oían más y más cerca.



Están dando toda la vuelta a la casa. Van a ver la entrada y me van a encontrar”. El pánico se apoderó de él, temiendo lo peor se acurrucó todo lo que pudo tras la columna y esperó temblando a que alguien entrase allí y le echara el guante.


Pero no pasó nada. Las voces se alejaron hasta que desaparecieron y el se quedó en la más absoluta y oscura soledad.


Se fue tranquilizando poco a poco y cuando dejó de sentir el tambor de su sangre en las sienes le pareció que el cerebro le volvía a funcionar con normalidad.


¡Jopé!. Menos mal que no saben que estoy aquí. Pero, ¿Dónde estará mi padre? Seguro que se ha escondido y me viene a buscar ahora”.


Decidió esperarlo donde estaba, muy quieto y en completo silencio por si acaso volvían.


¡Vaya! Que frío hace. Estoy helado”. Se quejó mentalmente.


Estaban a mitad de Octubre y ya habían bajado mucho las temperaturas nocturnas, la cámara no era tan heladora pero sí muy húmeda y sólo llevaba puesto su vaquero, la camiseta del cole y el forro de plástico fino que le habían regalado por su santo; Además se le habían mojado las Nike “Lakers 2050” nuevas, regalo de su madre en Canadá, eso le fastidiaba muchísimo y le daba aún más frío.


A tientas rebuscó dentro de la mochila por si había algo que ponerse. Lo primero que encontró fue un tubo ligero de tacto suave algo rugoso abierto por los lados.


¿Cuero? ¿Un tubo de cuero?”. Se preguntó.


Junto al tubo palpó un paquete pequeño y plano recubierto de una lámina de plástico. Siguió buscando. Tocó otro tubo, más corto y estrecho que el anterior pero más pesado, con tacto de plástico blando y un extremo frío y pulido. Sonrió , ¡era una la linterna!, rápidamente la sacó y, con cuidado, procurando dirigir el foco hacia el suelo, prendió la luz y sujetó la linterna entre los dientes. Ahora podía ver todo lo que llevaba en la mochila. El paquete cubierto de plástico resultó ser, por lo que ponía en la etiqueta de SportBazaar, un chubasquero hidrófugo de alta resistencia a base de una lámina de kevlar y triple capa térmica.

¿ De dónde lo habrá sacado mi padre?” Pensó “ No nos dejan comprar cosas tan buenas” .


Lo abrió y se lo puso con dificultad ya que no podía estirar bien los brazos en un espacio tan reducido.


¡Vaya! Así se esta mejor.” Se dijo un poco más caliente. Después sacó un brazalete hecho de lo que parecía cuero. “Esto es lo primero que encontré. ¿Qué será? “ .


El brazalete era de color verde y lo suficientemente grande como para cubrirle todo el antebrazo; Tenía repujado un dibujo geométrico a base de estrellas negras de ocho puntas que reconoció al instante, pues a diario veía el símbolo del Nuevo Jhalifato por todas partes: en la pared del colegio, sobre los postes de videovigilancia que había en las calles, en las puertas de las lecheras de la patrulla mulá, a la entrada de los zocos de racionamiento, hasta en los letreros de las pocas tiendas de chinos que aún seguían abiertas.


Qué raro que papá guarde esto”.


Recordó entonces lo último que le había dicho su padre:

- Si no vuelvo pronto, mira dentro de la mochila, canta con la a y sigue las instrucciones. -


¿Tengo que cantar con la a?” Se dijo.


Extrañado no supo qué hacer, hasta que, con una sonrisa de triunfo, probó a entonar muy bajito el comienzo de una canción rapera muy antigua que cantaban en casa:


-Trabaja, plasma las palabras, hazlas balas,
Atrapa ráfagas, sal, machaca cada sala,
Ladra hasta rasgar la garganta,
Saca las garras, las armas-.


Enmudeció, pues , al acabar de recitar el cuarto de los veintiún versos que recordaba , la melodía al piano de aquella canción comenzó a salir del propio brazalete.


Alucino a colores. ¡Qué flipe!- Comentó para sí. Además un rectángulo de luz sólida emergió de la superficie grabada.


¡Una pantalla holotáctil! - Alucinó, porque nunca había visto una y solo había oído hablar de ellas.


La ventana traslúcida tembló un poco cuando pasó su dedo por ella y apareció, en el aire, la cara de su padre.


Este empezó a hablar:


- Hijo, si me estas viendo quiere decir que los agentes del Nuevo Jhalifato han estado en casa y tú sigues libre. Debes encontrar a mis amigos y entregarles este brazalete. Para ello escucha con atención y haz lo siguiente: Sal, sigue la ruta del jabalí hasta que llegues al castro, allí pregunta por Pelayo, si te responden “¿El del Caleyo?”, tú dí “No, el de la Manjoya” , huye cuanto antes pues hay moros en la costa .


En ese momento la cara de su padre pareció desvanecerse y calló su voz, pero afortunadamente un segundo más tarde la holotáctil se volvió a iluminar y su padre siguió hablando:


-Pero si te responden “¿El de Covadonga?”. Tú dí “Sí, el rosu” y sigue sus instrucciones porque alguien te pondrá a salvo. En la mochila tienes lo necesario para sobrevivir tres días. Procura llegar antes. No te preocupes por mí. Está todo previsto. Pronto nos veremos. Se valiente. Te quiero -.


La imagen se ennegreció, se apagó la voz y desapareció todo. Confundido, Germán cantó otra vez aquella estrofa y no pasó nada. Incluso probó más versos con otras vocales, pero su padre no volvió a aparecer y él se sintió mucho más solo que antes.


Casi en tinieblas, se puso a analizar el mensaje para alejar el miedo. Estaba claro que su padre y el mismo, por alguna razón, debían huir de los agentes mulá, además tenían amigos que le podían ayudar y a los que debía entregar el brazalete. Pero no comprendía que era eso de la ruta del jabalí, ni tampoco sabía dónde quedaba el castro. Mientras, jugando, sin darse cuenta, se colocó el brazalete en el brazo izquierdo bajo el forro de plástico y, de inmediato, notó como se le ajustaba al antebrazo sin él hacer nada.


-Vaya, ¡Qué chulo! - Exclamó.


Dirigió el haz de luz hacia su brazo, se arremangó el forro y pudo admirar el bonito artefacto que se le pegaba como una segunda piel.


Parezco un arquero de verdad. Ojala me vieran mis amigos”. Se dijo.


Sin quererlo, se recordó a si mismo sujetando el arco que había fabricado con caña de bambú e hilo de pescar, estaba tirando flechas en el jardín hacia la parte baja del seto de zarzas que bordeaba la huerta mientras gritaba como loco:


-¡A por el jabalí, que se escapa! ¡No le dejéis marchar!-.


En realidad esa tarde no entró ningún jabalí a hozar en el jardín y el bicho fue sólo producto de su juego, pero entonces recordó perfectamente lo que le dijo su padre cuando le oyó:


-Pues sí, es justo por ahí por donde entran y salen, vienen desde el bosque que hay al otro lado de la autopista.-.


-¿Y por dónde la cruzan?- Había preguntado él.


- Creo que pasan por un gran tubo de desagüe situado en lo más profundo del valle donde estamos. No se ve porque la boca esta cubierta por la maleza y sólo los jabalís pueden pasar por ella- . Fue la respuesta de su padre.


¡La ruta del jabalí! ¡El paso bajo la autopista! – Germán se admiró de haberlo descubierto.


¿Y el castro? ¿Dónde estará?” Se preguntó.


Hizo memoria, que el supiera, tras cruzar la autopista el tubo desaguaba en el arroyo que atravesaba el bosque y desembocaba en el Gafo después de pasar bajo una pista asfaltada. El río seguía encajonado entre paredes de roca hasta su confluencia con el Nalón, por allí no había ningún castro y además no había forma de pasar. Desconcertado volvió mentalmente a la pista. Esa pista era una antigua vía de tren que pasaba cerca de una cantera abandonada.


Pero es la cantera de Xagú, no la del castro y tampoco hay ninguno que yo sepa.” Se extrañó.


Sin embargo aquello le sonaba, como si lo hubiera oído hace mucho tiempo.


¡Vaya con mi padre!” Se quejó. “¿Porqué las pondrá siempre tan difíciles?”


Toda la vida habían jugado en casa a las adivinanzas. Su padre al principio se las planteaba fáciles, pero con el tiempo se hicieron cada vez más enrevesadas. Esta era de las míticas, de las que había que darles muchas vueltas para encontrar la solución.


Esta claro que no quería que nadie supiese donde tengo que ir. A lo mejor pensaba que los mulás podrían coger el brazalete y extraer el mensaje” Comprendió.




Procuró recordar. Aquella cantera fue abandonada hace años cuando dejaron de construir carreteras y ya no hubo necesidad de extraer más gravas. La explotación, a tiro de piedra de la aldea de Xagú, sólo dejó tras de sí un enorme hueco gris en la montaña y un ingenio hidráulico que aún seguía funcionando. Era un antiguo molino de agua al que habían colocado una turbina para generar energía. Alimentó de electricidad a las máquinas de machaqueo y ahora la suministraba a los habitantes de la aldea y a los caseríos de la zona. Sabía que lo cuidaba una pareja bastante mayor y nada más.


Se acordó del día en que fue de excursión por allí con el colegio. Todos los de la clase caminaron hasta la cantera, cruzaron el caz que llevaba el agua al molino y subieron por la senda que, separada por una valla de alambre de espino, bordeaba aquel precipicio que se iba haciendo más imponente según ascendían. Cuando llegaron a lo más alto, Don Alfredo – el profesor de geografía que siempre lo sabía todo- les explicó lo que veían desde allí. Al bajar, también les contó la historia de la cantera:


La primera empresa que, hacia el año 1900, empezó a explotar el mineral de esta montaña, se llamaba Canteras Asturianas de Rocas, la creó un ingeniero belga que había venido a ...” . Germán dejó de oír en su mente la voz del profesor y repitió en un susurro:


- Canteras asturianas de rocas…. Canteras asturianas de rocas …Ce .. A ,, Ese .. Te .. Erre .. O …. ¡Castro! - Claro, su padre no se refería a un castro de verdad, era el acrónimo de la empresa. Entonces supo seguro que tenía que ir a la cantera y preguntar en el molino.


Un aleteo frente a su cara le devolvió a la oscuridad de su escondite.


¡Jopé! ¡Qué susto me ha dado el murciélago!-. Exclamó con un susurro.




Del sobresalto se le cayó la linterna y, al apagarse esta, se quedó tan ciego como el ratón volador. Tanteó alrededor hasta que la tuvo en la mano. Prendió la luz y se volvió a fijar en la mochila. La cogió y, sin miramientos, la volcó frente a él para ver todo su contenido de una vez. Lo que encontró le tranquilizó un poco pues allí tenía todo un equipo de supervivencia: tres paquetes de barras de comida concentrada, varios botes de bebida isotónica hiperhidratante, seis sobres individuales de cacao, tabletas purificadoras de agua, un pequeño cazo con su hornillo de combustible sólido, una navaja multiusos, una cajita de cerillas antihumedad, una brújula y dos mudas de fibra térmica.


- ¡Vaya suerte! – Retorciéndose, se cambió los calcetines y ya con los pies secos empezó a sentirse un poco mejor.


Miró el reloj de su muñeca. No se lo podía creer. ¡Eran las siete de la mañana!. Se le había pasado la noche volando allí metido. Por lo que sabía, amanecería un poco más tarde; Calculó que con suerte podría tardar al menos dos horas en llegar a la cantera.


Entonces, si salgo ahora … se hará de día por el camino y los mulás me podrán pillar fácilmente.” Discurrió.


Decidió dormir y esperar a que se volviese a hacer de noche para salir. Pero antes tenía que asegurarse de no ser descubierto. Volvió arrastrándose a la entrada, recogió unas cuantas hojas secas que se habían colado con el viento, las repartió alrededor del charco para que hiciesen ruido si alguien decidía buscar allí dentro y volvió detrás de la columna. Hizo un hueco en la tierra, puso la mochila como almohada y se acomodó como pudo. La primera luz llegó y a el se le cerraron los ojos por el cansancio.

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